
Por: Antonio J. Ortiz Forero
Corría
el año 1900 y Colombia se encontraba inmersa en la Guerra de los Mil Días, guerra
que marcaría un hito en la historia económica, política y social de nuestro
país. El 3 de junio de aquel año, quedaría marcado por mucho tiempo en la
memoria de los habitantes de La Cruz (hoy Ábrego) por la presencia de estas
tropas durante casi dos meses en este municipio.
Habían transcurrido solo ocho (8) días de terminada la Batalla de Palonegro, batalla que se dio entre los días 11 y 26 de mayo y que sería la más importante de la Guerra de los Mil Días. Esta batalla, que se estima produjo unas 5.000 bajas, había dado como vencedoras a las tropas del gobierno conservador sobre las guerrillas liberales, al mando de los generales Rafael Uribe Uribe y Gabriel Vargas Santos. Pasada la batalla de Palonegro, las vencidas tropas del general Uribe Uribe se dirigen a Cúcuta, a prestar ayuda a la revolución. Entran a Ocaña desde los Ángeles (Cesar), por la temible trocha de Torcoroma (Pueblo Nuevo), centran algunos enfrentamientos en Ocaña y El Carmen y levantan un campamento en las postrimerías del municipio de La Cruz (Ábrego), a seis leguas de Ocaña. Desde allí organizan ataques al municipio, con la intención de capturar a los funcionarios de la Regeneración. Las tropas revolucionarias permanecen en la zona algunos días sembrando miseria y desolación, como lo deja expreso en el libro de defunciones de la parroquia de Santa Bárbara, el cura párroco de la época, presbítero Alberto Jaime:
“Desde hoy tres de junio de mil novecientos, hasta el treinta del mes de julio no figuran las defunciones habidas en este lapso de tiempo por haber tenido que abandonar la parroquia a causa de la entrada de las fuerzas revolucionarias del general Rafael Uribe Uribe a este pueblo que quedó en completa miseria y desolación, de que doy fe. Alberto Jaime, Presbítero”.
En el mismo libro de
defunciones, el 20 de enero del año 1900, aparece el registro de muerte de un
soldado antioqueño, Pedro Antonio Restrepo, según consta en su partida, la cual
reza así:
.
Otros: Pedro Antonio Restrepo Henao - 17/enero/1881- Rionegro, Antioquia. Tendría 19 años de edad en el momento del evento
También aparece un registro de un homónimo, nacido el 11 de marzo de 1876, en Jericó, Antioquia, que a la fecha del evento, tendría 23 años
MUERTE DE EMPERATRIZ GOMEZ OREJARENA
fallece el 23 de octubre de 1947, a las 12:00 m aproximadamente, en la Finca Buenos Aires, jurisdicción de Zapatoca, de pre eclampsia, al nacer su hija, que sería bautizada como su madre, Emperatriz, con tan sólo dos horas de nacida. Su esposo, José Ángel, en aquel momento no se encontraba en la casa, por lo que su hija Inés, con sólo 8 años, después que la partera le informa que su madre había muerto, corre y sube hasta una gran piedra que estaba ubicada muy cerca a la casa y desde allí ve venir, por el camino, a su padre. Inés le grita "papá, mamá se murió".
Emperatriz fue sepultada con un vestido verde petróleo, con lunares blancos y rojos, vestido que tenía preparado para asistir a la misa del primer viernes del mes, como costumbre de la época, en ofrecimiento al Señor Jesucristo, y acto que lo hacía frecuentemente, en compañía de su hija mayor, Eva. El cuerpo de Emperatriz sería llevada inicialmente, al barrio San Vicentico, donde sería velada.
En la geografía del odio que dividía a Norte de Santander, los Navarro intentaron burlar al destino demasiado tarde. No eran niños cuando abandonaron Ábrego; eran hombres hechos y derechos, con el juicio curtido y la voluntad de acero, cuando decidieron que su tierra natal ya no era lugar para su estirpe. Telmo Navarro y su mujer, la tía Nimia Vergel, lideraron aquel éxodo hacia El Carmen, buscando la seguridad de un enclave donde el trapo rojo no fuera una sentencia de muerte. Pero en Colombia, el pasado siempre viaja más rápido que los hombres.
Se establecieron como peseros, hombres de ferias y caminos. Sus hijos —Sixto, Miguel, Alirio y Tobías— ya cargaban con la responsabilidad de los años juveniles de aquella época, cuando llegaron a ese refugio que resultó ser una trampa. Especialmente Miguel, quien había dejado que el sectarismo se le endureciera en el alma como una costra.
La tragedia no fue un estallido súbito, sino una operación de relojería política. Bajo la mirada distante del gobernador Lucio Pabón Núñez, la Chulavita recibió la orden de limpiar el enclave. El 19 de noviembre de 1949, el horror entró a El Carmen con el uniforme de la ley. Entre esa horda de hombres traídos de lejos, se contaba uno que conocía bien el origen de los Navarro: un policía de apellido Vacca, también de Ábrego, quien no tuvo reparo en participar en la carnicería de sus antiguos vecinos.
Desde la loma de El Hoyito, Telmo y sus hijos mayores contemplaron el fin de su mundo. En un instante de fuego y plomo, la policía y los chulavitas segaron las vidas de Telmo, Miguel y Sixto. Cuarenta liberales más cayeron ese día en el parque y las callejuelas, tiñendo el suelo de un color que los Navarro habían ido a buscar como protección y que terminó siendo su mortaja.
Mientras la casa era saqueada con una saña burocrática, Alirio y Tobías se salvaron por la gracia de un escondite. Se empotraron en el vacío de un tabique, sintiendo el aliento de la muerte al otro lado de la madera, mientras los saqueadores —sus propios verdugos— se repartían la ropa, los muebles y la vida que habían intentado reconstruir lejos de Ábrego.
Días después, cuando la violencia se volvió silencio, fui a Ocaña a ver a Luis Eduardo Páez Courvel. Con el permiso del gamonal conservador, logré rescatar a los sobrevivientes y devolverlos a Ábrego en un camión de carga, como quien transporta los restos de un naufragio.
Fue entonces cuando la infamia se personificó. En mi almacén de Ábrego, se presentó el propio Vacca. Con la desfachatez de quien se siente impune bajo el uniforme, me ofreció fardos de mercancía a precios de remate. No necesité desplegar los lienzos para reconocer la tragedia: eran las telas robadas, el botín que Vacca había traído desde El Carmen para convertir la sangre en moneda. Al ver aquellas fibras que olían al encierro de ls casas saqueadas, sentí que la ignominia era total. Lo eché de mi presencia, comprendiendo que en esa guerra no solo se mataba por política, sino por la mezquina ambición de quedarse con el ropaje de los muertos.
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MUERTE DE MARÍA SOFÍA ORTIZ QUINTERO
Nació el 15 de junio de 1882 y fue bautizada el 11 de diciembre del mismo año (padrinos José Ascanio y Críspula Gaona, sacerdote Venancio Arévalo). Era hija de Juan Ortiz y María del Carmen Quintero. Se había casado con Mauricio Ortiz Quintero, primo suyo, el 12 de septiembre de 1895, con apenas 13 años y 3 meses de edad. Sofía es hallada muerta, en su casa, el día 24 de mayo de 1898, a sus casi 16 años . En su partida de defunción, que aparece en la página 210 del libro de defunciones, se puede leer:
El Breve Otoño de Sofía Ortiz:
En la parroquia de La Cruz, donde el tiempo parecía estancarse entre los rezos del presbítero Venancio Arévalo y el polvo de los caminos, la vida de Sofía Ortiz Quintero fue un relámpago que apenas alcanzó a iluminar dieciséis años.
Había nacido en el fragor de junio de 1882, pero no fue sino hasta diciembre cuando recibió el agua del bautismo, de manos de unos padrinos que no sospechaban que la niña a la que sostenían sobre la pila bautismal estaba marcada por la brevedad. Hija de Juan Nicasio Ortiz Castillo y María del Carmen Quintero, Sofía creció con la premura de quienes tienen el destino contado. A los trece años y tres meses, cuando aún jugaba con la infancia en las orillas de los vestidos, fue entregada en matrimonio a su primo hermano, Mauricio Ortiz Quintero. Fue una unión de sangres repetidas, sellada un 12 de septiembre bajo la mirada de una Iglesia que bendecía amores que se quedaban siempre en familia.
Pero el matrimonio no fue un refugio, sino el preámbulo de un abismo.
La mañana del 24 de mayo de 1898, el silencio de su casa se rompió con el estrépito seco y definitivo de un revólver. Sofía fue hallada sin vida, convertida en un enigma de sangre a sus casi dieciséis años. No hubo tiempo para los óleos sagrados ni para el arrepentimiento final; la muerte llegó de un modo tan trágico e inesperado que dejó al pueblo suspendido en el estupor.
El escándalo, sin embargo, no terminó con el disparo. En las páginas amarillentas del libro de defunciones, quedó grabada la indignación del presbítero Alberto Jaime, quien dejó constancia de una sepultura eclesiástica otorgada sin su permiso por el padre Arévalo. En esa anotación, que aún hoy parece quemar el papel, quedó escrita la sentencia de su final: una mujer joven, casada con su propia estirpe, hallada muerta por un tiro de revólver, cuya alma partió hacia el otro mundo sin el auxilio de los sacramentos, dejando tras de sí solo el humo de la pólvora y el eco de una tragedia que el viento de La Cruz nunca terminó de llevarse.
Pero el pueblo —que guarda en la noche lo que no se atreve a decir bajo el sol— asegura que la historia no concluyó allí. La última noche del novenario, cuando el rosario avanzaba lento y las sombras de las velas parecían moverse con voluntad propia sobre las paredes encaladas, algo perturbó la quietud de la casa. Agapito Ortiz, su cuñado y primo, juró haber visto a Sofía. No como cuerpo, sino como presencia: una figura tenue, dolorida, que se detuvo frente a él en silencio.
Dicen que no habló, pero que su mirada bastó. Otros sostienen que pidió oración. Lo cierto es que Agapito, hombre recio y poco dado a fantasías, quedó profundamente estremecido. Aquella misma noche comprendió que el descanso de Sofía no estaba asegurado. Y temiendo que su alma vagara sin auxilio por no haber recibido los sacramentos finales, resolvió mandar a celebrar una misa de alma en el municipio de Río de Oro, Cesar.
Así, entre el miedo y la fe, se buscó ofrecerle el descanso que la muerte violenta le negó, mientras el rumor de su aparición comenzaba a mezclarse con el viento frío que, desde entonces, algunos dicen sentir cuando cae la noche sobre La Cruz.
Cácota de Suratá fue fundada el 20 de agosto de 1728, por Pedro Alonso Pinzón. Desde 1622 se conoce de la existencia de las encomiendas de Cácota, Suratá, entre otras por orden del visitador Juan de Villabona Zubiaurre, quien asignó las tierras de resguardo.
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LA BATALLA DE CACHIRÍ, SURATÁ:
Durante la independencia de Colombia, entre el atardecer del miércoles 21 y el amanecer del jueves 22 de febrero de 1816 se llevó a cabo en el páramo de Cachirí, Suratá, la batalla que lleva su nombre. El ejército español bajo el mando de Sebastián Calzada llega desde Venezuela por los valles de Cúcuta y tras su derrota en una primera batalla de Cachirí el 8 de enero de 1816, vuelve a la ofensiva y derrota al ejército neogranadino de Custodio García Rovira y Francisco de Paula Santander. Calzada ingresaría luego a Bogotá, el 6 de mayo de ese mismo año, lo que permitió el restablecimiento del régimen virreinal. La familia Ortiz León habitaba en aquel entonces el municipio de Suratá y debió vivir muy de cerca esta cruenta batalla que dejó muchas bajas en soldados, caballos, prisioneros de guerra y piezas de artillería.
Existe un reporte dantesco que afirma que 76 días después de la batalla, el hedor del sitio era insoportable por el gran número de soldados y caballos que allí perecieron, regados en un cementerio a cielo abierto y acechados por los gallinazos.
ACTA DE VISITA DEL OBISPO RAFAEL
CELEDÓN A LA CRUZ
En la parroquia de la
Cruz a los 26 días del mes de septiembre del año del señor de mil ochocientos
noventa y siete fue recibido el Excelentisimo señor obispo de la diócesis Monseñor
Rafael Celedón por el digno cura de ella, presbítero Don Alberto Jaimes, por el
señor alcalde, por los colegios de ambos sexos, por la tropa acantonada en esta
plaza y por muy numerosa concurrencia. Trasladado SSS a la iglesia parroquial
después del santo rosario y antes de un trisagio que se cantó en honor del
santísimo sacramento, explicó el objeto de la visita pastoral, la cual verificó
de la manera siguiente: examinó los libros parroquiales encontrándolos que van con
el día y sus partidas asentadas con aseo; los vasos sagrados y los ornamentos
están en buen estado para el ejercicio el culto público. Como no se ha
terminado aún la construcción de la iglesia y entre las cosas que les faltan se
encuentra la Pila Bautismal. SSS ordenó al señor cura párroco de la iglesia de
este objeto necesario cuanto antes le sea posible. En el deseo de ver a todos
los cristianos reconciliados con Dios, el excelentísimo señor obispo hizo un
llamamiento paternal a la numerosa concurrencia que ocupaba las naves de la
espaciosa iglesia de esta población, recordando el deber en que estamos todos de
confesar y comulgar siempre que nos encontremos con conciencia de pecado mortal.
El auditorio, dócil a la voz del prelado y obedeciendo hábidos de piedad y de
religión se presentó al banquete eucarístico, después de haber dejado los
harapos del pecado en la presencia saludable de la penitencia, en número no
insignificante, pues comulgaron más de 2700 personas de ambos sexos. El Excelentísimo
señor obispo administró el santísimo sacramento de la confirmación a 90 individuos y las limosnas que con ocasión
de este dieron los fieles y que ascendieron a $ __.36 las dejó en poder del
señor cura como ayuda para terminar el trabajo anterior del templo que es hoy
la necesidad más urgente en la parroquia. Habiendo enfermado SSS a los dos días
después de su llegada a este municipio, comisionó al reverendo padre Fray
Francisco Maria de Orijuela, uno de los misioneros de la Guajira y Sierra
Nevada, que le acompaña para que hiciera sus veces en la cátedra del Espíritu
Santo y el Padre Francisco, honra y prez
de la orden Capuchina, cumplió su cometido a contemplamiento de todos: la
iglesia se llena____siempre que el padre dirigía las palabras al pueblo fiel. Durante
la visita pastoral ha habido el mayor orden en los vecinos de esta feligresía,
grande afluencia de gente en las funciones religiosas, todo lo cual ha agradado
mucho a SSS así como se complace en saber que la conducta del señor cura es
intachable y que se esfuerza cuanto
puede por el progreso moral y material de esta población. Por último celebráronse
7 matrimonios entre personas que vivían en concubinato. Con lo cual SSS dio por
terminada la santa visita pastoral.
Rafael Celedón Ariza - Obispo de Santa Marta
(San Juan del Cesar 3/sept/1833 - 10/dic/1902, La Cruz, hoy Ábrego)
MUERTE DE RAFAEL CELEDÓN ARIZA EN LA CRUZ (ÁBREGO)
MUERTE DEL OBISPO RAFAEL CELEDÓN ARIZA EN LA CRUZ
(ABREGO)
En la
iglesia parroquial de La Cruz, a doce de diciembre de mil novecientos dos se dio
sepultura eclesiástica al cadáver del Excelentísimo Señor Obispo de la Diócesis
de Santa Marta, D. D. Rafael Celedón, en el presbiterio frente al altar mayor
de la misma iglesia.
Se hace
constar que el excelentísimo Señor Celedón, murió el día 10 del presente mes, a
las 3 ½ pm después de haber recibido los santos sacramentos de la penitencia,
comunión y extremaunción.
Se
cumplieron en lo posible las prescripciones del Pontifical Romano para estos
casos; y en los tres días que duró su cadáver en capilla ardiente se celebraron
solemnes oficios fúnebres con asistencia de los sacerdotes que firman la
presente diligencia.
El excelentísimo Señor Celedón manifestó poco antes de morir que era su voluntad se le sepultara en el presbiterio de la iglesia de esta parroquia y que después se trasladaran sus restos a la catedral de Santa Marta; y para ello se le sepultó en bóveda de material construida al efecto.
Alberto
Jaime, cura primero de La Cruz.
Presbítero Enrique
M. Moreno A, cura 2° de La Cruz
Sebastián Álvarez,
cura de Río de Oro.
D. Marconi,
Cura de Aguachica.
Benito
Ovalle A., cura de Convención.
Cristóbal Castro
Q., segundo cura de Convención.
José de J.
Ortiz, presbítero.
Vicente
Rizo, cura de Buenavista.
Pedro
Espejo, cura de Riohacha.
José M.
Rojas, cura de San Pedro.
Guillermo
Gerardino A., cura de San José de Belén.
Pastor Arévalo,
cura de Aspasica.
Venancio
Arévalo.
Rafael Celedón Ariza - Obispo de Santa Marta(San Juan del Cesar 3/sept/1833 - 10/dic/1902, La
Cruz, hoy Ábrego)
CAMPANAS DE LA PARROQUIA SANTA BÁRBARA DE ÁBREGO - 26 DE ENERO DE 1913.
La Cruz, enero 26 de 1913.
Señor Cura Párroco, D. José Pigueras, presente, cumplo con el deber de remitir a ud. la cuenta de gastos de dos campanas que en el mes de mayo del año pasado vinieron a esta parroquia.
Dinero que para gastos de alimentación, cotizas entregué a diez y seis hombres que fueron con José Vaca a recibir las campanas al pueblo de Los Ángeles, la suma de tres mil doscientos veinticinco pesos papel moneda $ 3.225, valor de un telegrama veinte pesos $ 20, pagado a Ramón Solano, Pastor Vega, Salomón Salcedo, Maximiliano Peñaranda, por unas puertas, ganchos para colgar las campanas, seiscientos quince pesos pagados a Don Félix Zurek un giro de mil sesenta francos (1.060) a favor del señor Constantino de Linares Ortiz, fabricante de campanas en Madrid, para pagarle mil ciento ochenta y ocho pesetas (1.188), precio de las campanas, veinte mil quinientos sesenta y cuatro pesos ($ 20.564). Suma de gastos generales $ 24.424, suma que tenía en mi poder para el saldo de los gastos anteriores, son los siguientes:
Existencia a favor de la iglesia según cuenta en el libro de bautismos, página 130 de fecha 18 de enero de 1912, la cantidad de veinte tres mil cuatrocientos noventa y cuatro pesos $ 23.494, parte de la limosna que recaudó para este fin el señor Cura Párroco Eulogio Osorio seiscientos treinta pesos $ 630,
Pasan..... $ 24.124.
Deuda que debía Avelino Ortiz a la imagen de Santa Bárbara doscientos pesos ..... $ 200
Id que debía José Ma. Cañizarez cien pesos .................. $ 100
Suma efectiva para el pago ........................ $ 24.424
Balanceadas estas cuentas no queda saldo alguno y por lo tanto está fenecida la cuenta de las campanas.
Suplico al señor cura, se digne inventar en el libro de bautismos la presente nota para que ____ la debida constancia.
Dios guarde a Ud,
alberto Jaimes, Presbíterio.
LA COMISIÓN COROGRÁFICA. AGUSTÍN CODAZZI
Mujeres blancas - Provincia de Ocaña
1850
Hacia el mes de abril de 1850, llega a Ocaña la Comisión Corográfica dirigida por su secretario, el doctor Manuel Ancízar. Entra al territorio por su extremo sur, después de haber pasado por la provincia de Soto; remonta la Serranía de Jurisdicciones cayendo a La Cruz (hoy Abrego); de allí pasa a Ocaña donde establece su cuartel general. En su itinerario, recorre las poblaciones de Aspasica, La Palma (hoy Hacarí), Teorama, Convención, El Carmen, San Calixto, Pueblo Nuevo, Río de Oro, Brotaré, San Antonio, Loma de González, Los Ángeles, Totumal, Aguachica y Puerto Nacional.
LA CRUZ (ABREGO): "La Cruz, cabecera de un distrito que cuenta con 2.682 habitantes, figura como parroquia desde 1808. Háyase fundado cerca de la ribera izquierda del rio Guayabal que más adelante llaman Algodonal, después Carate y al fin Catatumbo, con cuyo nombre cae poderoso al lago de Maracaibo y ocupa la extremidad norte de un lindo valle de aluvión a 1405 metros de altura sobre el mar. El distrito es rico en ganadería, mereciendo la fama de bellos los potros que salen de sus dehesas. En su calidad de pueblo ganadero adelanta con lentitud respecto a lo material, pero al cabo adelanta, y en las tres bien regidas escuelas con que se honra, tiene los gérmenes de su mejora venidera. La salubridad del clima está demostrada en el movimiento de población durante el año de 1.850: nacieron 122 individuos, o 1 por cada 21 habitantes, y murieron 27, que corresponden a uno por cada 99,3. La moralidad la expresan tres cifras sobrado significativas: hay 742 individuos casados y 620 solteros; en el transcurso del año solo hubo dos delincuentes por malversación de depósito. ¿Qué sería de este pueblo si cambiara la vida pastoril, un tanto aventurera, por la honrada y sana del agricultor?"
Historia de la Región de Ocaña. Luis Eduardo Páez García.
MANTECADAS Y DULCES EN LA FAMILIA
Desde tiempos tan remotos que ya se confunden con las leyendas de los abuelos, la familia Ortiz descifró el lenguaje secreto del maíz. Hace ya más de un siglo, el aire de la calle La Estrella no fue otra cosa que un rastro invisible de mantecadas de yucarito y cuajaderas, horneadas con la paciencia de Sotera Ortiz, que parecía heredada de los mismos fundadores de la estirpe.
La magia había comenzado en el frescor de una casa de tapia pisada y tejas españolas, una construcción de muros profundos situada entre las carreras 13 y 14. Allí, la legendaria Sotera convertía la harina en un destino. Aquellas paredes, que en la actualidad pertenecen a los herederos de José Antonio Páez (QEPD), todavía parecen exhalar el aroma de una gloria que se resiste al olvido. Pero el aura de la casa no solo se sentía en su fachada; por la parte de atrás, en el rincón sombreado conocido como El Callejón, la generosidad de Sotera tomaba forma de milagro. Se cuenta que, entre risas contenidas y pasos cautelosos, los niños del barrio se aventuraban por esa entrada trasera, atraídos por el calor que emanaba del horno de barro artesanal. Allí, Sotera, con una sonrisa cómplice, les entregaba panes recién salidos de las brasas, trozos de cielo caliente que marcaban para siempre la memoria de sus paladares.
Fue en ese entorno de abundancia y silencio donde Gilma Ortiz Claro, hija de la unión de Pablo Ortiz Quintero y Cástula Claro Guerrero, aprendió los misterios del pan y la alquimia de la cuajadera, observando las manos de su madrina Sotera como si leyera un libro sagrado.
Pero el destino de Gilma no se agotó en la sal. De la mano de Nimia Vergel, hermana de Ramona Ecilda (segunda esposa de su padre), recibió la revelación de los arequipes de maíz: un almíbar dorado y espeso que exigía la misma devoción con la que se cuidan los amores difíciles. Así, entre parentescos cruzados, callejones secretos y hornos que nunca se enfriaban, los Ortiz sellaron un pacto con el paladar de la historia, convencidos de que mientras hubiera una mantecada de yucarito, una cuajadera o un arequipe sobre la mesa, el tiempo no tendría permiso para pasar.
JACOBO ORTIZ LEÓN
De Suratá a Los Llanos de La Cruz: el Viaje que Sembró un Apellido
La figura de Jacobo Ortiz León se
sitúa en el umbral de dos épocas: el ocaso del orden colonial español y el
nacimiento turbulento de la República. Su historia, documentada en los archivos
parroquiales de Santander, permite reconstruir no la leyenda de un viajero
solitario, sino la trayectoria concreta de un hombre arraigado a la familia y
al territorio.
Su origen se encuentra en Suratá,
en el seno de una sociedad aún regida por las categorías coloniales. Su madre,
María León Daza, aparece en los registros como mujer “libre”, condición que en
el contexto del Antiguo Régimen la ubicaba fuera del sistema de esclavitud y
del tributo indígena. Había enviudado en 1789 tras la muerte del indio Ignacio
Candelario Estevan, con quien tuvo cuatro hijas.
El 3 de febrero de 1790 contrajo
segundas nupcias con Juan Antonio Ortiz. Seis meses después, el 25 de agosto de
1790, nació Jacobo Ortiz León, quien fue bautizado en la Parroquia del Santo
Ecce Homo de Suratá por el sacerdote Juan Antonio Moreno de la Parra. Aquel
niño crecería en una provincia que pronto sería transformada por los
movimientos independentistas.
Durante generaciones, la memoria
familiar sostuvo que Jacobo había sido un soldado boyacense que llegó solo a la
región en tiempos de las guerras de independencia. Sin embargo, los libros
sacramentales ofrecen una versión distinta y más compleja.
El 25 de marzo de 1821, Jacobo
contrajo matrimonio en Suratá con María Francisca Castillo Páez. En esa misma
localidad nació su primer hijo, José Liberato, en 1822. Estos registros
demuestran que antes de emprender cualquier migración ya había constituido un
hogar estable.
La confusión respecto a su
supuesto origen “boyacense” encuentra explicación en la reorganización
político-administrativa de la época: bajo la Gran Colombia, la provincia de
Soto —a la que pertenecía Suratá— formaba parte del Departamento de Boyacá.
Así, Jacobo podía ser considerado boyacense en términos administrativos, aunque
santandereano por nacimiento.
Hacia 1823, en el contexto de una
República recién instaurada y de nuevas oportunidades de poblamiento, Jacobo
emprendió el traslado hacia los Llanos de La Cruz (hoy Ábrego). No se trató de
una migración individual, sino de un desplazamiento familiar.
Acompañado por su esposa
Francisca y su pequeño hijo José Liberato, recorrió el antiguo Camino Real,
ruta de herradura que unía el interior de la provincia con el puerto de Ocaña.
El establecimiento definitivo en La Cruz quedó documentado con el bautismo de
su segundo hijo, José Polonio, el 8 de octubre de 1824. Este acto sacramental
marca el inicio formal del linaje Ortiz en esta región del actual Norte de
Santander.
Jacobo Ortiz León se consolidó
como uno de los principales representantes del apellido en los Llanos de La
Cruz. Aunque su rastro familiar se mantiene activo hasta 1853 con el nacimiento
de su última hija, nuevos hallazgos en los protocolos notariales de Ocaña
permiten precisar los últimos años de su vida, situando su muerte entre 1858 y
1862. En 1858 Jacobo aparece vendiendo una propiedad en el paraje de El Pozo al
señor Pedro Pacheco Zúñiga, según consta en una escritura pública referenciada
en protocolos posteriores de 1871. En 1862, un protocolo notarial fechado el 23
de octubre de 1862 confirma que para esa fecha Jacobo ya había fallecido. El
documento reza que Jacobo Ortiz vendió al señor Martín Bayona, vecino del
distrito de La Palma:
"...una posesión de campo
que de su propiedad tenía en la jurisdicción de aquel distrito en el paraje
denominado 'Lucutama', comprendiéndose en la venta la casa de vivir, una de
trapiche con su ingenio, todas las cementeras i el terreno que le corresponde".
Esta cronología se ratifica con el registro de 1876, cuando fallece su esposa, María Francisca Castillo Páez, quien ya figuraba como viuda en los libros parroquiales.
Su fallecimiento, ocurre en Aspasica, el 9 de marzo de 1860. El legado de Jacobo Ortiz León quedó asegurado en una numerosa descendencia que arraigó el apellido Ortiz en el valle, convirtiéndose en pilar fundamental de la historia social de la región.
LOS VALLES DE LA CRUZ: LA TIERRA NUEVA
María
Emperatriz nació en Betulia, Santander, el 6 de febrero de 1916. Fue la novena
de una numerosa familia formada por sus padres y diez hermanos. Bautizada el 27
de febrero de ese mismo año en la parroquia de San Bernardo Abad, creció
rodeada de una prole que llenaba la casa de vida: desde Ana Helidora, la mayor,
hasta el pequeño Luis Felipe.
En ese
hogar de Betulia, los nombres de sus hermanos —Ana Mercedes, Ana Rosa, Félix
Antonio, Natividad, Carlos Jesús, María Adelia y Hortencia— conformaban el coro
de una infancia compartida.
Emperatriz
no era una mujer común para su tiempo. Poseía una sensibilidad artística que
compartía con su hermano Félix Antonio. Bajo la tutela del sacerdote Ignacio
Vicente Díaz Acevedo, los hermanos Gómez Orejarena se entregaron a la magia del
teatro.
El Doctor
Díaz Acevedo, una figura trágica que más tarde moriría de lepra en Zapatoca,
veía en Emperatriz una musa. Inspirado por su gracia, el sacerdote solía
dedicarle poesías, convirtiéndola en la protagonista de versos que hoy se
pierden en el eco del tiempo.
El sábado 30 de
enero de 1937, Emperatriz unió su vida a la de José Ángel Forero. De esta unión
nacieron siete hijos, las mayores Eva e Inés, quienes serían testigos de la
profunda fe de su madre.
Emperatriz
era una mujer de costumbres piadosas. Era frecuente verla caminar hacia la
iglesia para la misa del primer viernes de cada mes, un ofrecimiento al Sagrado
Corazón de Jesús que cumplía con rigor, siempre acompañada de su hija mayor,
Eva. Para ella, la vida era un equilibrio entre la entrega a su hogar y su
devoción espiritual.
El destino,
sin embargo, tenía preparado un acto final prematuro. El 23 de octubre de 1947,
en la Finca Buenos Aires, jurisdicción de Zapatoca, el tiempo se detuvo.
Alrededor del mediodía, mientras intentaba dar a luz a su última hija, Emperatriz
fue víctima de una preeclampsia.
Mientras
Emperatriz exhalaba su último suspiro, nacía su hija, quien recibiría el mismo
nombre de su madre y sería bautizada apenas dos horas después de quedar
huérfana.
José Ángel
no estaba en casa. Inés, con apenas 8 años, recibió la noticia de la partera y,
en un acto de desesperación infantil, corrió hacia una gran piedra cercana a la
casa. Desde esa atalaya natural, divisó a su padre regresando por el camino. Su
grito, "¡Papá, mamá se murió!", rompió el silencio del campo y
quedó grabado para siempre en la historia familiar.
María
Emperatriz fue despedida con la misma elegancia con la que vivió. Fue sepultada
con un vestido verde petróleo de lunares blancos y rojos, la prenda que ella
misma había preparado con ilusión para asistir a la próxima misa de primer
viernes.
Su cuerpo
fue llevado inicialmente al barrio San Vicentico para su velación, un lugar que
recibió a la mujer que, en apenas 31 años, había sido hija, hermana, musa de
poetas, actriz y madre. Su legado perduró en la pequeña Emperatriz, su hija, en sus otros seis hijos y
en el recuerdo de un vestido de lunares que nunca llegó a la iglesia, pero que
caminó hacia la eternidad.









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