QUINTÍN RAMÓN PEREZ ORTIZ (QUINTÍN PÉREZ) (31/oct/1911 - 26/dic/2001): nace el 31 de octubre de 1911 en Abrego, N. de S. y bautizado el 5 de noviembre del mismo año. En su tumba aparece como fecha de nacimiento el 15 de mayo de 1912. Padrinos Rosendo y Eulogia Peñaranda. Hijo de José león del Carmen Pérez Cañizares (bautizado el 21/feb/1882) y Juliana Ortiz Ascanio. Quintín estuvo casado con Angelina Soto, en octubre de 1940. De su padre, José León Pérez, se conoce que era hijo de Máximo Pérez y Juana Cañizares y que tenía como abuelos paternos: Damián Pérez y Narsisa Bayona. Abuelo maternos: Felipe Cañizares y Josefa Bayona. Según relato mi padre, José León, en tiempos de La Violencia bipartidista que vivió nuestro país hacia mediados del siglo XX, decapitó, con una machete, a un contradictor político en una platanal, con tal violencia, que consiguió cortar cabeza y cepa de un solo tajo. José León muere el 27 de junio de 1953 y sus restos reposan junto a la de su hijo Quintín, en el cementerio de Ábrego (zona nororiental). De la madre de Quintín, doña Juliana Ortiz, se sabe que era hija de Juan Ortiz y Dolores Ascanio. Hermanos de Quintín: José María (17/abril/1908); Jesús Gabriel (24/marzo/1910); Margarita (20/julio/1913); Luis Jesús (25/agosto/1915). Quintín, familiar de mi padre, hombre corpulento, de brazos fuertes y velludos y que usaba sombrero pequeño, es caracterizado en nuestra familia por la gran cantidad de objetos que coleccionaba (relojes, mecheras y grabadoras, entre otros). Quintín murió próximo a cumplir los 90 años de edad.
En el valle de Ábrego, donde los registros parroquiales a veces riñen con las inscripciones de las lápidas, nació Quintín Ramón Pérez Ortiz. Vino al mundo bajo el signo de Escorpio en 1911, aunque su tumba, en un gesto de coquetería póstuma o simple confusión de los vivos, insista en que fue en mayo de 1912.
Su linaje estaba trazado por apellidos antiguos y repeticiones de nombres que parecían un eco: los Pérez, los Ortiz, los Cañizares y los Bayona. Pero de todos sus ancestros, ninguno proyectaba una sombra tan larga como la de su padre, José León del Carmen. De él se contaba una historia que se repetía en los corredores del pueblo como un presagio: en los años del odio bipartidista, José León había blandido un machete en un platanal con tal furia que, de un solo tajo, separó la cabeza de un enemigo y la cepa de la mata, dejando que la sangre y la savia se confundieran en la tierra.
Quintín, sin embargo, parecía haber heredado no solo la fuerza física de aquel hombre de armas. Era un hombre corpulento, de brazos anchos y velludos que parecían diseñados para levantar el mundo, pero que terminaron dedicados a la delicadeza del detalle. Coronaba su figura con un sombrero pequeño, una prenda que de algún modo acentuaba su aire de personaje singular.
Mientras que su padre se llevó a la tumba el estrépito del acero, Quintín prefirió rodearse del rumor del tiempo y el sonido de las máquinas. Se convirtió en un acumulador de tesoros cotidianos: relojes que marcaban horas distintas en un concierto de engranajes, mecheras que guardaban el fuego que ya no se usaba para la guerra, grabadoras que capturaban las voces de un siglo que se iba y cuantos objetos pudiera acumular.
Casado con Angelina Soto en las vísperas de los años cuarenta, Quintín vio pasar la vida entre sus colecciones y el recuerdo de sus hermanos. Murió casi al cumplir los noventa años, vida que terminó con la paz de un hombre que guardaba objetos para que el olvido no se los llevara. Hoy descansa en la zona nororiental del cementerio de Ábrego, compartiendo el sueño eterno con su padre, el hombre que una vez cortó una vida y una planta de plátano, de un mismo golpe de gracia.
MARCO AURELIO PAEZ ANGARITA (MARCOS PÁEZ): nace el 12/julio /1900. Hijo de Ramón Páez y Mariana Angarita. Bautizado el 1/abril/1902. Hermanos: Lorenzo (10/agosto/1888); Teodocia (bautizada el 3/jun/1891); Francisco de Paula (2/abril/1893); Antonia Josefa (30/nov/1895); Rosa Delia (4/mayo/1898); Reyes María (27/sept/1904); Blanca Isabel (19/mayo/1906).
Durante la segunda mitad del siglo XX, cuando el pueblo aún se hundía en sus siestas de ceniza, Marco se convirtió en la prueba viviente de que la razón es un hilo demasiado delgado para sostener a los hombres lúcidos. En ocasiones, su cordura se extraviaba por los vericuetos de una mente revuelta, y se le veía transitar por las calles solitarias con la mirada fija en un horizonte que solo él conocía. La gente, que lo veía pasar con una mezcla de pavor y respeto, no atribuía su demencia a un castigo del cielo, sino al peso insoportable de su propia inteligencia; un argumento que se confirmaba cada vez que alguien tenía el privilegio de contemplar su caligrafía: una caligrafía de ángel, un rasgueo tan hermoso y perfecto que parecía escrito con la punta de un diamante.
Habitaba en los confines de su propia historia, en una casa centenaria anclada en la esquina suroccidental de la carrera 6 con calle 12. Allí, a escasas dos cuadras del parque principal, Marco compartía la penumbra con dos de sus hermanas, en el mismo recinto de tapia y silencio donde había dado sus primeros vagidos en los albores del siglo.
En sus días de naufragio mental, cuando la realidad se le volvía un espejo empañado, solía entrar al almacén de mi padre. Al ver a mi madre, Marcos no veía a la mujer que tenía enfrente, sino a una aparición rescatada del olvido.
—Misia Tomasa —la llamaba con una reverencia de otro tiempo.
Nadie se atrevía a corregirlo. En su delirio, Marquitos la confundía con una dama que había transitado por esa misma calle muchas décadas atrás, demostrando que para él, en aquel pueblo de calles largas, los muertos y los vivos seguían compartiendo el mismo aire.
ADONÍAS VERJEL (DON ADONÍAS): nace el 4 de marzo de 1892. Bautizado el 26 de mayo de ese mismo año. Hijo de Abdénago Verjel y Juana Álvarez . Padrinos Julio Arévalo y Espíritu Arévalo. Existe otro hijo de Abdénago Y Juana con el nombre de Fernando Adonías, nacido el 30 de mayo de 1897 y bautizado el 3 de octubre de ese mismo año.
ÁGUEDA PÁEZ TORRADO
(8/ABRIL/1903 – 2006): Hija de Adreano Páez y Elisenia Torrado (matrimonio
20 de mayo de 1901). Nace el 8 de abril de 1903 y es bautizada el 1 de febrero
de 1904, en la iglesia Santa Bárbara de Ábrego (La Cruz). Padrinos Felipe Carlos (¿Garcés?) e Inocencia
Peñaranda. Hermanos: Roberto (5/feb/1902), Antonio (14/feb/1906, posiblemente 1905),
Porfirio (13/jul/1906). Vivía en la calle 11, entre carreras 4 y 5, muy cerca
de la escuela Bolívar y nunca se casó.
Esta noble mujer, parecía haber hecho un pacto de permanencia con el tiempo. Se llamaba Águeda, y su figura delgada y espectral era parte del paisaje cotidiano, tanto como el polvo de las calles o el repique de las campanas. Cruzaba los recreos de la Escuela de Varones y de la Simón Bolívar con la parsimonia de quien no tiene prisa porque ya lo ha visto todo, sosteniendo con manos de pergamino un plato de peltre donde las cochas de panela relucían con un brillo de ámbar recién nacido.
Eran melcochas milagrosas, envueltas en la frescura de las hojas de plátano, que Águeda entregaba a los niños como si les confiara un secreto mineral. Su presencia era una lección de blancura: tenía la piel de una palidez de lirio y el cabello completamente encanecido, una albura tan pura que parecía haber sido lavada por la luz de la luna durante décadas.
Lo más asombroso de ella no era su persistencia, sino su voz. Águeda hablaba con un tono tan bajo y recóndito que parecía que las palabras se le quedaban atrapadas en la laringe, como si los sonidos no quisieran salir al aire ruidoso del mundo y prefirieran quedarse a vivir en el silencio de su pecho. Cuando finalmente se despidió de la vida en el año 2006, lo hizo con la misma discreción con la que vendía sus dulces, dejando tras de sí el rastro de sus ciento tres años, una edad tan vasta que ya no cabía en los calendarios, sino únicamente en la memoria asombrada de quienes alguna vez probaron su dulzura. (Registro: Imagen microfilm, página 2364).
Vivía en el refugio de sombras de la calle La Estrella, en un cautiverio de afectos compartido únicamente con su madre centenaria. Era el fruto de un olvido, hijo de un padre que prefirió la bruma de la indiferencia a la responsabilidad de su sangre, un hombre sin hermanos que lo secundaran, ni mujer que lo amara, ni hijos que le aseguraran la posteridad.
A veces, sin embargo, la realidad le pesaba demasiado y su mente buscaba el aire de las cumbres. Entonces, poseído por un soplo de gloria ajena, Miro enloquecía de grandeza. Se creía Simón Bolívar. Con el pecho inflado por una valentía invisible, recorría las calles empedradas de aquel pueblo viejo y silencioso, lanzando proclamas de libertad que rebotaban en las paredes de adobe ante la mirada acostumbrada de los vecinos.
En sus días de febril lucidez, recalaba en el almacén de mi padre. No pedía pan ni limosna; pedía papel para atrapar sus visiones. Escribía con la urgencia de los profetas sobre los márgenes de periódicos que aún traían el eco de los años setenta, o sobre las hojas amarillentas de cuadernos rescatados del olvido. Allí, en una caligrafía apretada y obsesiva, anotaba hileras interminables de números: las series de los billetes que, según aseguraba con la certeza de los iluminados, él mismo sabía descifrar del aire.
Murió como mueren los hombres que ya han sido olvidados antes de partir. Se fue solo, en la penumbra de su casa de bahareque, cuando ya su madre no era más que un recuerdo en el cementerio. A su entierro, un desfile breve de pasos cansados, asistieron apenas unos pocos vecinos, más por certificar el final de una época que por despedir al hombre. Se llevaron con él el secreto de sus números y la última carga de caballería del Libertador más pequeño que conoció la historia del viejo pueblo.











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